Aunque para muchos ya había comenzado la campaña electoral con miras a las presidenciales, para otros, la presentación de los cinco candidatos con mayor intención de voto en la última edición de la CADE, constituyó el inicio formal de la contienda electoral.

Y es que nuevamente, y luego de cinco años, la Conferencia Anual de Ejecutivos, en su edición 53, fue en gran medida un foro electoral. Los candidatos con la mayor aceptación de la ciudadanía (hasta el momento) presentaron al país y a quienes estuvimos presentes en Paracas, sus propuestas de gobierno para los próximos cinco años.

Si bien no se percibe en ellos un cambio brusco en la visión de la economía de mercado y empresa privada, no se vio en todos los casos la perspectiva clara en la necesidad de implementar reformas que hagan posible retomar la senda de crecimiento.

Durante la sustentación del presupuesto para el 2016 ante el Congreso a finales de noviembre último, el ministro de Economía redujo la proyección de crecimiento del PBI a 2.8% para este año del 3% que se había estimado inicialmente, y ajustó de 4.3 % a 4% el proyectado para el próximo año, cifras cercanas a nuestras proyecciones, por lo que no es sensato y coherente decir que podemos retomar el rumbo de crecimiento y crecer 6% en el corto plazo, o pensar que es fácil revertir el lento dinamismo de nuestra economía como algunos de los candidatos lo han dejado entrever. El super ciclo de los metales ha terminado después de una época de bonanza que impulsó el pujante crecimiento que generó inversión, empleo y reducción de pobreza. Hoy, el panorama económico mundial es otro, e influye -como ya lo viene haciendo en estos dos años – en la dinámica de nuestra economía y en cuánto podemos crecer como país.

Hay un deterioro en los precios de las exportaciones de metales así como una reducción de la demanda por efecto de la desaceleración de China que, como se teme, el próximo año continuaría cayendo, a lo que se sumaría un nuevo golpe a las materias primas producto del alza de la tasa de interés de la FED, especialmente del cobre, que en nuestro caso constituye una importante proporción de las exportaciones, sin contar con el impacto que tendrá en nuestra economía, en la competitividad de las empresas y en los hogares, el alza del dólar -ya iniciada- por efecto también de la subida de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal. Por esta razón, no podemos soslayar la situación internacional y sus efectos en la adaptación del país y sus políticas a esta nueva coyuntura.

Desde la perspectiva industrial, por ejemplo, qué piensan del Plan de Diversificación Productiva y del Plan Estratégico Nacional Exportador, considerando la incertidumbre global, son algunos de los temas que debieran indicar quienes aspiran a dirigir los destinos de la Nación el próximo año.

Los ofrecimientos que den los candidatos a medida que avance la campaña, si bien deben apuntar a resolver los problemas que nos aquejan como país, deben basarse en propuestas técnicas, coherentes y viables.

Combatir la informalidad y la rigidez laboral para generar mayor empleo formal, reducir tramitomanía, la sobrerregulación y la carga tributaria e implementar reformas pendientes de orden institucional ( como la del Poder Judicial) son temas fundamentales en la agenda del próximo presidente, así como promover la formación técnica, la educación de calidad y el desarrollo de infraestructura, a la par que retomar la confianza del sector privado para reactivar la inversión.

Todo ello para elevar nuestra productividad y tener una mayor y mejor competitividad a nivel mundial y por ende volver a lograr mejores niveles de crecimiento que generen bienestar y reduzcan la pobreza. Ese es el gran reto.